resolución de problemas y gestión emocional

El papel de la gestión emocional en la resolución de problemas

Cuando estamos en un proceso de aprendizaje, es necesario darle a nuestro cerebro la posibilidad de ver y repetir lo que queremos aprender. Dentro de ese proceso, es fundamental la revisión de errores y la resolución de problemas. Es uno de los pasos más difíciles y también el que más frustración puede generar, pero precisamente por eso es tan importante.

Ensayo y error: resolución de problemas

La base de un buen aprendizaje es el «ensayo y error»: me lo enseñan, lo replico y el resultado puede ser correcto o erróneo. En caso de ser correcto el aprendizaje ha finalizado (aunque pueda seguir necesitando practicar para afianzarlo y mejorar mi destreza). En caso de ser incorrecto, debo ser capaz de encontrar el error para no volver a cometerlo y de modificarlo para generar un buen aprendizaje. Es en este punto donde suelen surgir problemas por diversos motivos:

  1. Dificultades cognitivas o físicas que me impidan realizar la actividad: estos niños no tienen las capacidades necesarias para resolver el problema por ellos mismos, por lo que necesitarán un apoyo extra. Es necesario valorar y definir bien cuáles son esas dificultades y para ello debemos acudir a un profesional.
  2. Baja tolerancia a la frustración: es necesario entender que los niños están en proceso de desarrollo y es normal que se frustren cuando no consiguen aprender algo. Nuestra obligación como adultos es dar a esos niños las herramientas necesarias para poder gestionar estas situaciones. Esto facilitará en gran medida el aprendizaje.
  3. Exceso de guía por parte del adulto: si acostumbramos a los niños a ser nosotros los que encontramos y solucionamos el error, nunca podrán adquirir esa habilidad. Debemos ser pacientes y darles la posibilidad de valorar el resultado final. Si vemos que no son capaces de encontrarlo podemos guiarles un poco, pero sin señalar el error directamente. Es mejor ir dando apoyo poco a poco.
  4. Falta de guía por parte del adulto: a veces creemos que es por falta de interés, pero realmente el procesamiento de un niño toma más tiempo que el de un adulto, puesto que nuestras experiencias y aprendizajes son mucho mayores. Por lo tanto, debemos ser pacientes y explicar las cosas cuantas veces sean necesarias. En caso de ser necesario también facilitaremos ayuda física. Lo importante es que el niño aprenda a su ritmo, no que aprenda rápido.
  5. Falta de gestión en el adulto: si, puede dar vergüenza reconocerlo, pero somos muchos los adultos que podemos tener problemas para gestionar nuestra propia frustración. El entorno de aprendizaje debe ser asertivo y nosotros debemos ser consecuentes. Es por ello, que cuando vayamos a enseñarle algo nuevo a nuestro hijo debemos de valorar si tenemos el tiempo y el «humor» para ello. Si tenemos prisa, o hemos tenido un mal día, quizás no sea el mejor momento y es nuestra responsabilidad ser conscientes de ello y dejarlo para otro momento.

Resolución de problemas y gestión emocional

La resolución de problemas es algo que todos utilizamos en nuestro día a día. Hay personas con una gran capacidad resolutiva y otras a las que les cuesta más, pero es algo que todos hemos aprendido en mayor o menor medida. El caso es que, independientemente de nuestras capacidades, es algo que todos podemos trabajar y mejorar. La inteligencia emocional va muy de la mano de esta habilidad, puesto que la aparición de un problema siempre genera frustración, miedo e inseguridad. El cómo decida yo afrontar y gestionar esas emociones va a determinar, en gran medida, la adquisición de esa habilidad.

Si yo siento ansiedad, me enfado y tengo miedo cada vez que tengo que enfrentarme a algo nuevo mi cerebro va a generar un «anclaje» negativo. Ese anclaje provocará todas esas emociones negativas cuando me enfrente a algo nuevo. Nuestro cerebro no trabaja bien en ese estado, complicando el aprendizaje y pudiendo llegar a bloquearlo y hacerlo imposible. Sin embargo, si yo soy capaz de gestionar esas emociones, conseguiré un mejor desempeño, siendo capaz de realizar la actividad, lo que generará en mí un sentimiento de autoestima.

Por supuesto, a un niño pequeño no podemos pedirle que se gestione por él mismo, sino que debemos de ser nosotros lo que le guiemos y demos herramientas para poder hacerlo. Hemos de tener en cuenta de que no a todos los niños les va a funcionar lo mismo. Pero, sobre todo, lo más importante es que como adultos, debemos ser conscientes primero de nuestras propias emociones. Si nosotros somos ejemplo de calma y tranquilidad, los niños imitarán nuestro comportamiento y además se apoyarán en nosotros para conseguir ese mismo estado.

 

 

 

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